Otro

El metálico temblor de la ventana anuncia tiempos de agua. Mientras mis congelados pies flotan por sobre el mullido acolchado, el calor sobre las piernas no es el habitual. Algo cambió, un detalle blanco recortado sobre otro metal, distinto y más sofisticado que el primero.

Cuando hablan de amor, escucho. Me gusta observarlos a la vez que, horrorizados, inclinan sus cabezas e inclusive se niegan. El que no se puede definir con palabras viene a la memoria sólo para marcar el cambio. Las sillas con ropa, la cama para dos, una soledad nocturna junto a ese cuerpo casi inerte que visita tierras de ensueño ajeno. La escena se asemeja a muchas pasadas, pero predominan las modificaciones realmente significantes.

Es cierto, dije que algo cambió: a pesar de todo pronóstico negativo de la física y la ciencia moderna, el plástico se convirtió en metal. Mantuvo su color, casi sus mismas proporciones, pero ganó dureza y conductividad. Se volvió más liviano, cada ínfimo negro segmento de su ser mantiene una leve porción de luminosidad: distribuídos proporcionalmente, forman la ciudad que muchos no ven.

Y hoy, el innombrable brilla por su ausencia.

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