Hace tiempo no me pasaba: en dos noches me dejé fluir. En diferentes ocasiones, ámbitos y estado mental: casual y causalmente, con la misma persona. Conseguir un nexo con alguien inesperado que genere comodidad y a la vez tranquilidad, es algo... no sabría explicarlo. Diría raro, aunque inusual suena mejor. Ya le encontraré la vuelta, lo que importa, es lo que allí se generó.
Los términos siempre fueron claros. Las pautas las pusimos los dos, ambos consentimos y coincidimos en un 99,9%; el resto fue negociable. El primer encuentro jugamos un juego para el cual habíamos escrito las reglas en tiempos pasados, entre miradas y dichos. Sin vergüenza y sin vergüenzas nos hicimos dueños de la noche, conociéndonos como si no necesitáramos explorarnos. Como sabido de antemano, la intuición nos fue guiando por buen camino: una mano que se desliza por la espalda, piernas que abrazan, uñas que se clavan pero sólo arañando suavemente a este aún pajarito cantor. Voy a decirlo en criollo: amo las imágenes visuales, táctiles y sonoras que atesoro de esa jornada.
El segundo encuentro se dio de manera virtual pero se respiró la misma atmósfera. Las marcas lograron trasladarnos a las 48 horas previas a la actualidad. Nuevamente nos comportamos con la fluidez que brindan la soltura y la desfachatez; otras frases se sumaron a la lista para ser recordadas con ternura y porqué no, pasión.
Una de las conclusiones a las que llegamos: no, no hay límite de cantidad para leer y releer esa concatenación de palabras con cierto sentido. Me retiro a morir en mi madrugada con otra, su mejor frase, grabada en la retina e impregnada en el oido bajo mi propia voz.

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